Lo que nunca me dijeron de convertirme en chef

Ser un comensal es fácil. Te sientas, te presentan una carta, eliges un par de opciones, y eventualmente llegará a tu mesa el platillo que pediste. Parece sencillo, ¿no? Sin embargo, en la cocina ha tenido que pasar todo un proceso del que no siempre estamos conscientes.

No nos referimos solamente al acto de cocinar, ya que detrás de cada comida hay varios cocineros que aportan, con sus experiencias de vida y pasión, su sazón a todos los platillos. 

Desde el más elemental cocinero hasta el más distinguido chef, todos coinciden en que nadie los preparó para lo apasionante y también duro de su trabajo.

Aquí te presentamos algunas de las cosas de las que nadie me advirtió sobre ser chef y este oficio que, a la larga, también se convierte en un estilo de vida. 

El trabajo duro es uno de los elementos fundamentales que conlleva trabajar en la gastonomía. Los veteranos sabrán reconocer en sus manos el paso de la experiencia en cortes y quemaduras.

Tus pies y espalda también resentirán el estar parado durante tus jornadas laborales. El cansancio será mucho al principio, pero a la larga se convertirán en tus marcas personales de esfuerzo y disciplina. 

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La cocina también requiere mucho trabajo en equipo y todo lo que esto implica, por lo que la convivencia prolongada con desconocidos es una obligación en la que pocos piensan.

El chef estadounidense Scott Bryan dice que a menudo la cocina congrega a todo tipo de personalidades excéntricas con historias particulares de fondo: “es posible que no hayan hecho la secundaria, es posible que huyan de algo: un amor, una historia familiar sórdida, penurias sin esperanza del Tercer Mundo”.

Nunca sabrás con quien te tocará estar hombro con hombro en tu equipo, pero a la larga, estos se convertirán en una nueva familia. 

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Cocinar bajo presión también es una constante. Un dicho popular dice que si no soportas el calor, mejor sal de la cocina, y nada expresa mejor lo que implica trabajar en lo culinario. 

Por supuesto, también hay que hablar de la humildad y el liderazgo. Si en algo se parecen las fuerzas militares y las cocinas a nivel mundial es en el respeto que se tiene a la cadena de mando.

Un buen chef sabrá dar correcciones a sus subordinados, y un buen subordinado sabrá escuchar y dar forma a las indicaciones de su chef en cada platillo. 

Si bien, estos son algunos de los aspectos más complicados de lo que no se habla, lo cierto es que los cocineros se dan cuenta con el tiempo que todo esfuerzo se recompensa en la misma proporción.

Aquel que es bueno en lo que hace no tarda en destacar: nada da tanta satisfacción como el saber que el progreso personal viene del sudor de la frente. La felicidad de los comensales al disfrutar de un buen platillo es una de las formas en las que un cocinero encuentra la satisfacción por lo que hace. 

Tampoco se habla de cómo la cocina necesita de espíritus creativos.

Martín Berasategui, chef español con 10 Estrellas Michelin en su haber, dice que “un buen cocinero debe ser inconformista por naturaleza” pues al final, el más difícil juez de nuestro trabajo somos nosotros mismos.

Mejorar nuestra técnica, estudiar sobre la cocina de otras partes del mundo, innovar un platillo: cualquier método es válido con tal de darle al cliente un servicio por el que quiera volver.

Un cliente que vuelve es un cliente que confía en ti y en tu sazón. 

Son muchas las cosas que solo se aprenden en el calor de la cocina, donde una extraña mezcla entre el instinto y el conocimiento surge para sacar a flote el trabajo. Quienes dedican su vida a la cocina saben que no es un trabajo fácil; pero ellos mismos dirán que pocas cosas dan tantas satisfacciones personales como trabajar en la gastronomía. 

 

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